Sobre Cataluña

October 11, 2017

 

 

Ayer, se declaró la República Independiente de Cataluña para ser suspendida segundos después.

 

Tardía, parece la hora, para preguntarse qué es lo que otorga a los pueblos el derecho a la autodeterminación. Los políticos suelen ser más rápidos que los filósofos, pero cada generación debe aunar el coraje para tratar de responder a dicha pregunta ¿Este derecho lo otorga quizás el poseer una lengua, una religión, una posición geográfica o una identidad política común?


Lo que está en juego en Cataluña no es otra cosa que la legitimidad política, esto es, el derecho a gobernar que es otorgado por el pueblo. Esto supone, entre otras cosas, la aceptación del gobierno elegido en las urnas.


Para los ciudadanos no es un concepto de filosofía política, sino algo con lo que se cuenta en el día a día. Los ciudadanos pagan los impuestos, obedecen las normas de tráfico, no roban y tratan de cumplir todas las leyes establecidas. Lo hacen porque aceptan el orden político como justo. Si éste no fuera el caso, contarían con las elecciones venideras para sustituir a representantes políticos o reclamar otras leyes. Este es uno de los fundamentos de la democracia liberal.


Como en su momento defendió Víctor Lapuente, hay dos mitos en sendos bandos que agravan la situación:

 

En primer lugar, el mantenido por parte del Gobierno central: la necesidad de aplicar una “mano dura” con los independentistas. Las imágenes de mujeres heridas el día de las votaciones, hicieron que se percibiera a la policia y a la Guardía Civil, como fuerzas invasoras extranjeras. Aunque fuera consecuencia de la intervención de la Guardia Civil y la Policía, pero habría que apuntar que los Mossos tuvieron gran parte de responsabilidad al no haber clausurado los colegios.


El resultado de la aplicación del gobierno de esta "Mano dura" ha sido el aumento de la oposición al gobierno de Mariano Rajoy. Oposición no sólo de los catalanes, si no de muchos otros españoles y medios internacionales.

 

Los presidentes de Francia y del Consejo Europeo han manifestado su apoyo a España, aunque habría que tener en cuenta que, si se continuara con esta política, la presión sobre el gobierno iría en aumento.


El segundo mito lo encontramos en el bando independentista. Es el mito de que el gobierno español ha sido siempre autoritario y demasiado centralizado. Esto es totalmente falso. Cualquier estudiante de la historia de España sabrá de las dificultades a las que tuvieron que enfrentarse las sucesivas dinastías monárquicas que ha tenido España, para centralizar el poder. Muchas ciudades y regiones podían bloquear directrices de los reyes.


El gobierno de Puigdemont defiende su legitimidad por haber sido elegido en las urnas, lo que es cierto. Lo que no es veraz, es que Cataluña sea un pueblo históricamente reprimido, tal y como defienden. Tan sólo en los últimos cinco años, los catalanes han defendido sus ideas e intereses votando en seis elecciones distintas, con absoluta libertad.

 

Ejemplos de pueblos reprimidos son, tal vez, el venezolano o el chino. El venezolano por la total falta de información a la que se tiene sometida a su población. El pueblo chino porque nunca ha sido capaz de someter a sus mandatarios a un Estado de derecho y no ha tenido nunca, en más de sus cuatro mil años de historia, capacidad de votar.


Cataluña no deja de ser una de las regiones más prósperas de España, aunque esto cambiaría radicalmente si se adoptara un independentismo sin resultados garantizados.  Esto ya está ocurriendo con el cambio de sede fiscal de las empresas más importantes.

 

 

Sobre los referéndums

 


Aunque los referéndums son una manifestación de democracia directa, tienen sus riesgos. Hay numerosos estudios que indican que, en el caso de que los ciudadanos del Reino Unido tuvieran la oportunidad de volver a votar rechazarían el Brexit, pero ya no hay vuelta atrás.


Los referéndums simplifican y polarizan dilemas que tienen gran complejidad. Asimismo, tienen el riesgo de que se vota de manera muy emocional, no con argumentos consolidados. Otro factor es que a menudo los referéndums hacen peligrar los derechos de las minorías.

El voto de Brexit se pudo simplificar en antiinmigración vs estabilidad económica. El hecho de votar a favor de Brexit era rechazar la inmigración. Los votos en contra defendían la estabilidad económica. Pocos ciudadanos consideraron realmente las consecuencias reales de salir de la Unión Europea. Una masa agitada por las élites políticas pudo silenciar las voces más expertas que pedían cautela.


Los catalanes que se presentaron a las urnas el uno de octubre, sabían que era un referéndum ilegal. Su intención era más bien demostrar sus ideas, defendiendo su posición. El uno de octubre o se estaba con Cataluña o con España.


Referéndums de estas características y que producen consecuencias tan drásticas, deberían ser respaldados por una mayoría mucho más importante que el 51%, idealmente a partir de un 80%. Ni que decir tiene que el voto del 1 de octubre no tuvo garantías, no superó el 48% de participación y no se establecieron controles para el recuento de votos ni en el sistema de votación.

 

Además, como ocurre en situaciones de referéndums muy igualados, el hecho de que con un 51% pueda zanjarse una decisión de esta envergadura, derivaría a un consecuente rechazo por la mitad de la población. Un posible referéndum cada 4 años, pasaría a considerarse neverendums.


Aquí no se pretende razonar qué hace legítimo que un pueblo se independice, ya que el concepto de pueblo es muy diverso y conduce a confusión. Si Cataluña se independizara ¿Podría Barcelona independizarse de Cataluña, si considera que paga más de lo que recibe?  Hipotéticamente podría darse el caso, ya que ¿Dónde están dibujados los límites, exactamente?

 

 

Sobre las constituciones

 


Se ha hablado mucho de la constitución como elemento fundamental de la historia de España Posfranquista. Lo que muchas personas no recuerdan es que, históricamente, las constituciones fueron el instrumento que sometieron hasta a los más poderosos a la ley. 

 

Nunca ha sido fácil doblegar a los gobernantes, por eso las constituciones son sagradas para el pueblo, por eso la mayoría de los españoles la defienden pese a sus imperfecciones. Porque del poder hay que desconfiar por intuición no es deseable que sea demasiado fácil que los gobernantes cambien las leyes por las que se van a regir, y por esa misma razón, se defiende la separación de poderes.

 

Esto no significa que no se pueda cambiar, la última modificación de la constitución fue hace bien poco, en 2011 (sobre la estabilidad presupuestaria). La reforma política es sana para evitar la decadencia de las instituciones.

 

Si a los votantes no les es de agrado cómo está diseñado un País democrático como el nuestro, además de votar, se puede optar por la posibilidad de alistarse a un partido político o crear uno nuevo, véase el caso de Ciudadanos y Podemos. De este modo y contando con el consenso de la ciudadanía, se alcanzaría una mayoría en el Congreso. Esta sería la vía para modificar la Constitución y dejar abierta la puerta para los cambios que se quieran hacer, como un referéndum, que esta vez sí, sería legal.

 

¿Qué sentido tiene que Puigdemont declare la independencia para luego suspenderla? Fingir que se ofrece a dialogar para tratar de situarse en el lado moral de la historia. No ha pedido más autonomía para Cataluña ni mejores relaciones de trato fiscal, ha proclamado la independencia. Sus apoyos no aceptarán nada menos que una independencia integral y Puigdemont sabe que el gobierno no puede concederla porque es ilegal. Las negociaciones no existen cuando las posiciones son inamovibles.


No se puede permitir que ninguna figura política, sea el estamento que sea, se burle de nuestro ordenamiento jurídico. Haríamos bien en recordar que sin leyes caemos en el caos y la barbarie.

 

Will Watson

 

 


 

 

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