Populista es la palabra del año

November 13, 2016

 

 

 

Populismo es la palabra del año. Podemos es populista, Le Pen es populista, Syriza es populista, UKIP es populista, Maduro es populista y el nuevo presidente de los Estados Unidos de América también es populista, pero ¿qué significa ser populista?

 

El populismo es una estratégia que trata de separar la sociedad en dos grupos homogéneos y antagonistas: la élite corrupta y el we the people (nosotros, el pueblo). Dicho populismo puede tener muchos colores pero siempre tiene el mismo denominador común: el pueblo frente a las élites. El populismo en sí no es ni bueno ni malo, pero puede tener efectos muy perniciosos si es antidemocrático.

Me gustaría hacer un recorrido por Europa, América Latina y Estados Unidos para ver cómo el fenómeno se manifiesta en distintas partes del planeta.

 

 

Europa

 

En las últimas dos décadas del siglo XX, con el colapso del comunismo y a medida que la Unión Europea se erguía como el actor internacional más importante del viejo continente, los partidos políticos se pusieron de acuerdo en la integración europea. Tanto la izquierda como la derecha perseguían dicha integración. Era El Fin de la Historia, como escribía Fukuyama. La democracia liberal se imponía como el modelo político más avanzado. La globalización y el intento por convertir a los antiguos satélites soviéticos en democracias de corte occidental, suponía un avance optimista. La integración en una Unión Europea parecía el más alto de los objetivos políticos.

 

Si miramos a líderes más recientes, como Merkel o Cameron, nos damos cuenta de que sus partidos han optado por soluciones más centristas y pragmáticas en cuanto a problemas económicos y culturales. Ello significaba un alejamiento de la doctrina ideológica hacia el pragmatismo. Syriza se ha convertido en el animal que tanto odiaba, viéndose obligado a aplicar medidas austeras.

 

Durante años, diversos pensadores importantes han hablado de la necesidad de superar la ideología como algo del pasado, pero ser más pragmático que ideológico no está exento de peligros. El problema surge cuando los votantes dejan de distinguir entre los partidos políticos establecidos y los clasifican como “lo mismo”, ya que esto crea un terreno fértil para el populismo que ocupa las zonas más extremas que los partidos tradicionales abandonan. ¿Podemos no ha ocupado esa izquierda más extrema que ocupaba el antiguo Partido Comunista, Izquierda Unida y algunas facciones más extremas del PSOE?

 

Todo ello conlleva una respuesta muy parecida de los partidos tradicionales ante los nuevos, lo que se ha llamado la actitud “Tina” (There Is No Alternative), "nosotros o los extremistas.” Esto beneficia a los partidos que ocupan los extremos ya que se dirige la atención hacia ellos mientras que los partidos tradicionales se presentan como los guardianes del orden frente al caos.

 

Una estrategia torpe, que en mi opinión, ha jugado Hilary Clinton y quizás más visiblemente para nosotros, el Partido Popular en España. Ya que coloca al partido en un cruce de caminos ante dos elecciones: responder a las necesidades de los ciudadanos o ser responsables ante las obligaciones de la Unión Europea y el FMI. Es una torpeza porque, aunque a veces no se puedan seguir ambos objetivos al mismo tiempo, la responsabilidad de los gobernantes es responder a las necesidades de su población y no hipotecar su futuro aumentando la deuda y gastando más de lo que ingresa, por lo que "cumplir el déficit" no debería llegar impuesto desde Bruselas, si no que debería ser la responsabilidad de todos los gobernantes.

 

 

América Latina

 

América Latina es un continente que tiene mucho decir acerca del populismo, quizás sea el ámbito geográfico del que más conclusiones se puedan sacar, si nos interesa estudiar el populismo. La debilidad de sus instituciones es rastreable hasta la colonización europea, que estaba interesada en mantener regímenes de explotación. Más recientemente, desde 1945, muchos de sus países han sido dirigidos por populistas. ¿Por qué? América Latina es uno de los continentes con tasas más altas de desigualdad, ello hizo que los populistas encontrasen apoyo en las clases más desfavorecidas, manteniendo sistemas de clientelismo, que a su vez no hicieron más que empeorar la situación.  

 

Los populistas como Perón o el señor Kirchner en Argentina, Vargas en Brazil y Hugo Chavez en Venezuela prometían enormes programas sociales y redistribución que producen mejoras cortoplacistas pero que a medio plazo, crean una espiral de inflación y deuda, que hunden el país. Es una excepción en Perú, Fujimori y Meném en Argentina, que adoptaron medidas de austeridad, pero también consiguieron mantenerse en el gobierno, concentrando el poder en su persona. Sea como fuere, en mi artículo anterior comentaba que ser de derechas o de izquierdas no es lo relevante, el resultado es el mismo ya que el populismo que concentra poder, suele producir un crecimiento económico limitado. Todos ellos se hacían pasar como defensores de la democracia, pero todos, intentaron minarla controlando medios de comunicación, plagando el poder judicial con sus propios seguidores y tratando de mantenerse en el poder. Es decir, que les gustaba la democracia cuando les daba acceso al poder, pero no cuando los ciudadanos los rechazaban.

 

En democracias con instituciones débiles, los líderes son capaces de concentrar gran parte del poder en su persona, esto conlleva una poca previsibilidad por parte de los mercados e inversores, lo que conlleva no invertir en infraestructuras, educación y sanidad: los pilares de la prosperidad.

 

Aunque en América Latina, no todo son malas noticias, 70 millones de personas salieron de la pobreza durante la primera década de este siglo, ello crea un clase media que resulta ser clave, ya que suele adquirir propiedad privada y luchará por sus intereses. Las élites se benefician de la concentración del poder en una persona y las clases más bajas son más fáciles de influir mediante el clientelismo, por eso las clases medias son siempre claves en la lucha por instituciones más justas y eficientes.

 

Estas clases medias latinas, exhaustas de las tormentas que traen los regímenes populistas antidemocráticos, están tratando de elegir a líderes más pragmáticos. El nuevo presidente de Argentina Macri ganó las elecciones al sucesor elegido por Kirchner, en Venezuela los votantes han dado a la oposición una super mayoría a lo que Maduro ha respondido con más represión, en Bolivia Morales perdió el referendum. En Perú la izquierda y la derecha se han puesto de acuerdo para elegir a Pedro Pablo Kuczynski, ganando las elecciones a la hija de Fujimori, en Brazil se ha imputado a más del 60% de los miembros del congreso en cargos de corrupción.

 

Por lo que el gran mensaje que nos lanzan los latinos es la importancia de un sistema que tenga un mecanismo que asegure el reparto de poderes, la gran clave es una división de los poderes, no sólo entre el legislativo, el ejecutivo y el judicial, si no que igual de importante, los medios de comunicación.

 

 

Estados Unidos

 

El día que Trump se hacía presidente, es el mismo día que 27 años antes, había caído el Muro de Berlín. Trump es un líder particular en la política norteamericana, pero ha habido populistas desde su propia fundación. El populismo no es peligroso siempre que no sea antidemocrático, como lo fue el populismo aplicado por los fascistas y comunistas en el siglo XX. Trump se ha reído del sistema, más de sesenta millones de personas le han votado porque ya no creen en ese sistema. Pero si la democracia Estadounidense quiere sobrevivir a Trump, perder la fe en la democracia es un mal camino.

 

Muchos comparan a los populistas de occidente a los movimientos fascistas de los años treinta, hay varias cosas en común: una crisis económica (no comparable a la del 28), una dificultad por parte de las democracias para solucionarla (sobre todo en el sur de Europa), el deseo de implementar medidas proteccionistas, y además, los políticos dicen estar del lado del pueblo (como hacían los fascistas). Sucede sin embargo, que como decía C.S Lewis, la historia no se repite de la misma manera dos veces y hay razones por las que ser optimistas, como que los populistas de Europa occidental y Trump, no parecen ser antidemocráticos. Es una diferencia importante, porque una de las razones por la que los fascistas llegaron al poder en los años treinta, es por que los ciudadanos comenzaron a pensar que las democracias no funcionaban y que se necesitaba a un gran hombre con mano de hierro para mejorar la situación.

 

El populismo de Trump trata de dar respuesta a los problemas que preocupan a los norteamericanos: un sistema económico que favorece a los ricos (sorprende la paradoja de que sea millonario), miedo a perder empleo ante los inmigrantes y una clase política que no responde ante las necesidades de una gran parte de la población que se ha quedado atrás en la globalización.

 

Si queremos acabar con el populismo, la clave es dar respuesta a estos problemas. Cuando he afirmado que el populismo no es malo en sí, es porque movimientos populistas consiguieron grandes avances para la sociedad, como el IRPF americano y regulación financiera, lo que convirtió a Estados Unidos en una sociedad más justa. Teddy Roosevelt usó técnicas populistas con mucho éxito para luchar contra una de las épocas más corruptas de la política norteamericana, y su efecto más positivo es este: consigue agitar los asientos del poder en las democracias y obliga a nuestros gobernantes a atender a nuestras necesidades.

La clave para que el populismo no sea letal es que sea democrático, ya que la belleza de la democracia es que es el único sistema que nos permite aprender de nuestros errores: si no nos gustan los gobernantes,  no les volvemos a votar. Para ello, hay que estar eternamente vigilantes a la separación de poderes. Aunque, por su naturaleza, siempre hay fricción entre los poderes y esta tensión es necesaria para que funcione la democracia.

 

No le faltaba razón a Lord Acton cuando decía “el poder corrompe y el poder absoluto corrompe absolutamente” añadiría sólo que el poder absoluto no corrompe sólo al gobernante si no toda la sociedad.

Ha llegado el momento de que Trump enseñe sus cartas, que veamos si realmente exageraba su postura para conseguir votos o si pretende aplicar todas sus medidas. Estados Unidos es una democracia madura, cuyos dos peores problemas son la desigualdad y el secuestro por parte de los lobbies de los representantes políticos, Trump no parece saber o querer solucionar ninguno de los dos problemas. 

 

Francis Fukuyama ha sido muy criticado por El Fin de la Historia, pero hoy sostiene que la democracia no es un sistema político al que se llega y se mantiene por inercia, si no que en Orden y Decadencia Política, nos lectura sobre la importancia de mantenernos vigilantes.

 

Determinados grupos de interés (sea una fracción de pueblo o empresas privadas), lucharán por tratar de romper el sistema que garantiza la separación de poderes, manipulando el sistema en su beneficio. El declive de Roma comenzó cuando la república se convirtió en Imperio, Venecia pasó de ser un potente motor económico hasta que los gobernantes dejaron de representar al pueblo, y hoy, es un museo. La historia esta plagada de ejemplos de que cuanto más se concentra el poder, menos tienen los ciudadanos. Esto conlleva a que no se creen los incentivos para que los ciudadanos ahorren, inviertan e innoven. A día de hoy, los países ricos son los que se industrializaron y para industrializarse es necesario la existencia de estos incentivos.

 

Estados Unidos se forjó con la idea lockiana de desconfiar del poder y establecer todos los posibles controles al ejecutivo, por lo que si Trump hablaba en serio, no lo va a tener fácil.

 

Se recomienda desconfiar siempre de los que dicen que están con el pueblo. Con el pueblo no se está nunca, hasta que se demuestre lo contrario. En democracias como la nuestra, la mera afirmación de que un partido represente al pueblo, a la calle, a la gente de a pie, es siempre mentira. Ningún partido tiene el 100% de los votos, por lo que cada partido debería decir que representa a sus electores, como hacen los miembros del parlamento inglés.

 

Resumiendo, el populismo está aquí para quedarse. En sus mejores momentos hace temblar los pilares del poder y obliga a los gobernantes a responder ante el pueblo. En sus peores momentos crea un tsunami que arrasa con el sistema y concentra el poder en un sólo grupo que tratará de mantenerse en él.

Para combatirlo, como en la medicina, tenemos dos remedios: el preventivo y el curativo. El preventivo es responder a las responsabilidades reales del pueblo, el curativo es asegurarse de que hay un mecanismo que garantice el reparto de poderes.

 

Quis custodiet ipsos custodes, ¿Quién vigilará a los vigilantes? Se preguntaba Juvenal, el poeta romano hace casi dos mil años. La solución pasa por asegurarnos que nuestras instituciones mantienen la separación de poderes. Sólo así nos salvaremos ante los peligros reales del populismo.

 

 

Will Watson

 

 

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